Sí quiero… pero menos

noviembre 18, 2011 at 1:58 am Deja un comentario

Cada vez se celebran menos matrimonios ¿Cuánto tiempo ha pasado sin recibir una invitación a una boda? No se extrañe si hace demasiados meses o incluso años que no llega en sus manos la tarjeta para celebrar un festín de esta índole, ni piense que sus amigos rehúyen incluirle en sus vidas sociales, pues según recogen los expertos, proporcionalmente cada vez se producen menos uniones con los papeles por delante, lo que no significa que no se formen parejas. Hay parejas, pero una buena parte de ellas no se casa, muchas más que años atrás.

Marta Domínguez, socióloga especializada en formación de familias, cohabitación y matrimonio, profesora del departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universitat Pompeu Fabra y autora de, entre otros, el estudio 1995-2006. Diez años de cambios en las parejas españolas, publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), constata en dicho trabajo que se han producido cambios significativos entre 1995 y el año 2006, que implican una mayor difusión de las parejas no casadas, así como un aumento de la soltería.

Pau Marí-Klose, sociólogo, director metodológico del Panel de Famílies i Infància (2006-2010) y de proyectos científicos del Instituto de Infancia y Mundo Urbano (2009-2010),  coautor del informe Matrimonios y parejas jóvenes. España 2009 (cuadernos de la Fundación SM), añade que actualmente las familias de España se parecen más a las del norte de Europa. “Ahora somos más suecos. Teníamos tasas muy bajas de cohabitación –es decir, convivencia sin boda civil o religiosa– y se ha acelerado la convergencia con los países del norte y de forma más rápida que países como Portugal, Italia y Grecia. Eso en términos generales. Además, la tasa de nupcialidad es la más baja de Europa”.

No es una afirmación caprichosa. Los datos sobre el número de parejas que se casan así lo señalan. Según el Instituto Nacional de Estadística, en el año 2009 se celebraron casi 176.000 matrimonios, lo que implica una disminución del 10,2% respecto el año anterior cuando se celebraron poco más de 195.000 matrimonios. Como consecuencia de esta disminución, la tasa bruta de nupcialidad se redujo hasta 3,8 por cada mil habitantes. En el 2010 sigue con la disminución, con casi 171.000 matrimonios celebrados y la tasa baja a 3,75 por cada mil habitantes. Es una tendencia que se produce desde 1975, cuando se celebraron alrededor de 270.000 matrimonios y la tasa de nupcialidad estaba entorno a la media de 7 por cada mil habitantes. Además, el matrimonio civil supera al religioso. De los matrimonios registrados en el 2010, fueron exclusivamente civiles el 57,6%, mientras que el 40,7 lo fueron por la iglesia católica, y el resto o no consta el dato (en 1.951 casos) o se casaron según el rito de otra religión (850 casos). Todo esto es más llamativo si se tiene en cuenta que estos 171.000 matrimonios del 2010 es una cifra inferior a la del año 1943, cuando se celebraron ¡174.000 bodas!, y más llamativo cuando estas últimas son todas religiosas mientras que las del 2010 es la suma de civiles y religiosas como se detalla en el anterior párrafo.

Con la crisis que se está viviendo, no formalizar una relación de pareja es una manera de ahorrarse un dinero en festines por la celebración de la unión. Los banquetes no son baratos, y si van acompañados de otros eventos, menos. Hay parejas que afirman que no se casan por el gasto económico que representa. Pero este factor en sí no explica totalmente el aumento de parejas que no se casan. Pau Marí-Klose señala algunas causas que influyen en el descenso del número de matrimonios y  aumento de parejas que no se casan. “Hay varios factores. Por una parte teníamos unas tasas muy bajas de cohabitación en relación con otros países modernos, así que en la caída de nupcialidad interviene el incremento de cohabitación”.

En otros países, como Estados Unidos, tuvo su explosión entre los años 60 y 80, cuando creció un 20% las parejas que marchaban a vivir juntas sin papeles en los años 60, un 200% en los 70 y un 80% en los 80. En cambio entre el 2000 y el 2004 creció un 7,7%. Ahora le está tocando el turno a España. Marta Domínguez recoge en su estudio que en un periodo de poco más de treinta años “ha pasado de ser un país dominado por una estricta moral católica y por la fuerte influencia del modelo de familia tradicional a legalizar el matrimonio homosexual y presentar las tasas de natalidad más bajas de la Unión Europea. La caída en la fecundidad, el retraso en la nupcialidad y la emergencia de formas de familia alternativas (parejas no casadas, familias reconstituidas, parejas del mismo sexo) son fenómenos presentes en todas las sociedades industrializadas”. Pau Marí-Klose comenta que el entorno social ve normal que se pueda vivir en pareja sin papeles. “No hay censura de los padres ni de los vecinos. Así que no hay presión social del grupo. Por debajo de los 30 años la cohabitación alcanza al 50% de las parejas”.

Según las encuestas los nuevos comportamientos y las formas de familia menos tradicionales están asimilados por amplias capas de la sociedad, como recoge Marta Domínguez. “En el 2000, de acuerdo con la Encuesta de Familia y Valores de Género, la tolerancia sobre comportamientos alejados de las normas tradicionales es notable en lo que se refiere a los nuevos modelos de familia. En esa misma encuesta, el 78,6% de los entrevistados aprobaba que una pareja conviviera sin casarse; el 64,2% estaba de acuerdo con que un padre podía criar a un niño tan bien como los dos progenitores juntos, y sólo el 33,6% pensaba que una pareja debería casarse si deseaba tener hijos. En el Barómetro de junio de 2004 (CIS, Estudio 2568), sólo el 11,5% de los encuestados respondía que sería para ellos un problema grave que su hija viviera en pareja sin estar casada; para un 17,3% sería un problema que tuviera un hijo sin estar casada”. Pau Marí-Klose señala que se ha duplicado el porcentaje de hijos nacidos de madres no casadas. Aporta los datos de 1997 donde el porcentaje era del 13.1%, frente al del 2007 que se incrementó hasta el 30,2%.

Ángel López, profesor del Área de Derecho Eclesiástico del Estado de la facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la Universidad de Jaén, especializado en el factor religioso y sociedad multicultural y miembro del proyecto de investigación Libertad religiosa y libertad de expresión, constata que la cohabitación juvenil “está cada vez más socialmente aceptada en Europa y Norteamérica, y en algunos países se ha convertido en un modo alternativo de vida en pareja frente al matrimonio”. Después explica los motivos por lo que las jóvenes parejas no se preocupan por formalizar su relación. “Poco a poco, una iniciación sexual cada vez más temprana, junto al retraso de la edad del matrimonio y la desaparición del estigma de la madre no casada han contribuido a la extensión de la cohabitación de los jóvenes. La debilidad del actual vínculo matrimonial ha provocado que se acepte con naturalidad la idea de que la diferencia entre una pareja de hecho y un matrimonio sólo es un papel sin valor, y de que los niños pueden encontrar el mismo ambiente saludable en esas uniones informales”. Como señala Pau Marí-Klose “el 42% de los jóvenes que optan por la cohabitación dice que en su decisión influyó mucho o bastante no creer en compromisos escritos y el 34% declara no creer en el matrimonio. Por otro lado un 41% de las personas en pareja de hecho dice que en su decisión pesó mucho o bastante el deseo de darse un periodo de prueba antes de casarse y un 62% reconoce abiertamente que se trata de la decisión más cómoda”. Pau Marí-Klose comenta que entre los jóvenes se ha instalado la experiencia de que el matrimonio no es para siempre, sobre todo los que han vivido el divorcio o separación de sus padres. Así que no creen que los papeles garanticen la estabilidad de la pareja. No sólo ocurre entre los más jóvenes. Según los datos del censo del 2001, la cohabitación no es un fenómeno exclusivamente juvenil: un tercio de las mujeres que integran una pareja de hecho tiene más de 35 años.

Desde el ámbito de la psicología los argumentos que esgrimen los expertos son complementarios o totalmente coincidentes con los aportados desde la sociología. La psicóloga Constanza González constata también en su consulta de Barcelona el aumento de parejas que prefieren no casarse. “Por una parte flota en el ambiente una desconfianza hacia las instituciones, tanto a la iglesia como a los organismos del Estado. No necesitan bendecir su relación de pareja por estamentos superiores. El compromiso es entre dos. También lo veo en las personas que me rodean. La mayoría, entre un 60 y 70%, no han pasado por un juzgado ni por una iglesia. Y tienen hijos. Lo hacen por convicción. Es un ejercicio de autonomía”. Pero también señala que hay muchas parejas que tienen miedo al compromiso y se sienten más cómodas sin formalizar su situación. “El  compromiso es menor. El miedo al sufrimiento hace que entremos en zonas de confort en la que justificamos vivir como parejas de hecho. Y decidimos que no podemos casarnos por la crisis económica o porque no ha llegado la persona correcta, la persona ideal, así que mientras tanto estoy de pareja con esa otra persona, a la espera de una mejor. No quiere perder otras posibilidades. Sienten como si el hecho de casarse cerrara todas las puertas y otras posiblidades. Esperamos el ideal y no nos comprometemos. Detrás de todo esto está el temor. Tener una pareja implica ser vulnerable y hay miedo a la vulnerabilidad. Hay muchos tipos de creencias, y una de ellas está asociada a que existen relaciones de pareja ideales. Y esto no es real. El mito de la igualdad donde se supone que cada uno tiene que aportar el 50% no es real. La gente se agarra a este mito para no aceptar que a veces tu pareja sólo puede dar el 20% y otras veces es al revés. Nos preocupamos demasiado de si el otro da lo mismo que yo”.

En todo este contexto los expertos también constatan un aumento de número de parejas que optan por vivir separadas. Es lo que se conoce como el Living apart together (LAT), aunque han detectado una particularidad en este tipo de pareja. Parece que se da preferentemente en personas con un nivel educativo alto. Pero son datos que hay que tomarlos con cautela, como los del Censo del 2001, que muestran que la proporción de mujeres con alto nivel educativo es mayor entre las parejas de hecho que entre los matrimonios. Concretamente, el 21,5% de las mujeres que estaban cohabitando en el 2001 tenían estudios universitarios frente al 17,6% de las mujeres casadas. “Pero hay que tomar estos datos con cautela”, insiste Marta Domínguez, así como, “por ejemplo, mientras que en los países anglosajones las uniones de hecho son más frecuentes entre personas con un nivel educativo y económico medio-bajo, en los países mediterráneos se observa la pauta contraria, y en los países nórdicos no parece que haya diferencias significativas”.

Para liarla un poco más, hace casi siete años el diario Sunday Times se hizo eco de un estudio de investigadores de las universidades de Edimburgo, Aberdeen, Bristol y Glasgow publicado en el Journal of Personality and Individual Differences donde se afirma, que las mujeres más inteligentes tienden a no casarse, a diferencia de los hombres. El artículo asegura que el estudio se realizó entre 900 hombres y mujeres a los que se les hizo una prueba de cociente intelectual cuando tenían 11 años, y fueron entrevistados 40 años después. Se constató que las mujeres que siguieron estudios universitarios se casaban un 40% menos. No parece que el estudio revele si vivían de todas maneras con una pareja aunque no se hubieran casado. Los expertos consultados optan por no dar demasiada consistencia a este tipo de estudios. Pau Marí-Klose advierte que con los datos que poseen, la tendencia actual es que el factor educacional vaya perdiendo peso año tras año.

En cambio sí tiene peso específico el tamaño del municipio donde se vive. “En las zonas rurales la cohabitación es menos común que en las grandes urbes”, afirma el experto. También parece claro que si las mujeres se divorcian, optan menos por unas segundas nupcias que los hombres divorciados. “Las mujeres que forman una segunda unión corresidencial después de una ruptura o viudedad son todavía pocas, pero ya en 1995 constatábamos una preferencia por formar una pareja no casada entre ellas, y esa tendencia se mantiene en el 2006”, recoge Marta Domínguez. Pero como señala Pau Marí-Klose, “el termómetro demográfico es tan vertiginoso que no da tiempo a registrar los datos para analizar la rápida evolución de este fenómeno”. Visto lo visto, parece que las personas quieren ensayar diferentes formas de establecer relaciones de pareja donde los papeles van perdiendo peso.

Otras culturas

Hay quien se pregunta si la incorporación de personas de otras culturas en el territorio incide en las cifras sobre cohabitación y nupcialidad. Pau Marí-Klose adelanta que la inmigración no cambia demasiado la tendencia, aunque también depende del país de origen. Clara Cortina, investigadora en el Grupo de Dinámicas Demográficas del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, coautora de Pautas de endogomamia y cohabitación de la población extranjera en España, 2001, publicado en Papers de Demografia en el año 2006, y coautora de ¿Modelos familiares de aquí o de allá? Pautas de cohabitación entre las mujeres latinoamericanas en España, publicado en el 2010 en América Latina Hoy, constata en estos trabajos que “el espectacular crecimiento de la inmigación internacional en España en los últimos años ha incrementado de forma más que significativa el número de uniones protagonizadas por personas de nacionalidad extranjera”. Y recoge el ejemplo del periodo 1996-2005, donde el 72% del crecimiento de la población española se debe al aumento de la población extranjera. “Tanto es así que las características de las uniones y los matrimonios en España no pueden entenderse sin el papel jugado por las nupcias y uniones en los que por lo menos uno de los cónyugues es extranjero.

En el 2007, según la Encuesta Nacional de Inmigrantes, el 28% de las uniones conyugales de los inmigrantes entre 15 y 49 años eran de tipo consensual, una proporción notablemente superior a la correspondiente a la población española en la misma franja de edad (15,6% según la Encuesta de Población Activa del 2007). En relación directa con unas pautas diferenciadas de nupcialidad, en las que la cohabitación tiene un peso importante, encontramos también una elevada incidencia de la fecundidad no matrimonial. Mientras que la proporción de nacimientos no matrimoniales fue de un 27,6% para las madres españolas en el 2007, esta cifra ascendía a 41,3% en el caso de las madres extranjeras. Las diferencias con respecto a la población española, en términos de comportamiento nupcial y reproductivo, se intensifican especialmente en el caso del colectivo latinoamericano, cuyo porcentaje de nacimientos no matrimoniales se eleva al 59,5%”. Los expertos señalan que América Latina, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de países desarrollados donde la cohabitación es un fenómeno relativamente reciente, este tipo de uniones forma parte de su tradición y cultura, aunque también distinguen diferencias según si se trata de Venezuela, Perú y Cuba, donde estas representan entre el 40 y el 50%, o en el otro extremo México, Uruguay y Chile donde la cohabitación sólo se acerca al 20%.

FUENTE: lavanguardia.com
http://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20111104/54236712383/si-quiero-pero-menos.html
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